martes, 18 de agosto de 2015

Cómo Lázaro encontró a su madre y lo que acaeció con ella


[AVENTURA APÓCRIFA DEL LAZARILLO DE TORMES]

Luego de asentarme con el escudero, quien me dejó varias deudas, de las cuales luego me libré, salí de él.
Tiempo después unas mujeres me llevaron a conocer a un fraile de la Merced. Era tan gordo como un jamón, pero aun así caminaba mucho y como su mozo, tenía que seguir su camino a la par. No era un buen amo, como tampoco era un buen fraile. Por eso y por cosas que no quiero contar decidí dejarlo a él también.
La misma mañana en la cual huí de mi anterior amo me encontraba caminando por el pueblo. El mismo era muy pintoresco, pero a su vez, estaba lleno de basura.
Escuché un vidrio romperse y pude visualizar a un señor perseguir a un niño, oscuro como la noche y tan flaco como un dedo meñique. El pequeño traía comida en sus manos y trataba de zafarse de los vidrios que se rompían a su alrededor.
En ése instante, una señora de aproximadamente sesenta años, se acercó al infante y le devolvió al señor su comida.
Miró en mi dirección y al verme se le iluminó el rostro con una sonrisa, a la cual le faltaban algunos dientes, pero aun así era bonita. De repente su mirada me produjo escalofríos, ya que no quitaba la expresión feliz de la misma ¿por qué alguien me miraría así? Corrí hacia el lado contrario mientras escuchaba las súplicas de la mujer para que regresara donde ella estaba.
- Lázaro ven. –gritó.
Al escucharla decir mi nombre, me detuve. ¿Cómo era posible qué …? Y en ése instante el reconocimiento me invadió. ¿Era ella? No podía creerlo. ¡El niño negro era entonces mi hermano!
- ¡Mamá, mamá! –me acerqué a ella corriendo y la abracé tan fuerte que pensé que su escuálido cuerpo se rompería si la abrazaba más fuerte.
Las lágrimas danzaban por sus arrugadas mejillas.
- ¿Qué haces aquí mi niño? –dijo mientras pasaba el dorso de su mano por su empapado cuerpo. – ¿Qué sucedió con tu amo?
- Escapé y ahora estoy en busca de uno nuevo.
- No puedo quedarme aquí por mucho tiempo. –dijo –Me están persiguiendo. ¿Cuídate sí? –y como si ya hubiera pasado antes nos despedimos.
Ella se alejó con el niño en sus brazos y no volví a sentir el calor de un abrazo materno nunca más.
Después del emotivo encuentro me acerqué a uno de ésos tipos rellenos como un pastel que venden el perdón de Dios y con las monedas que le había quitado al fraile compré uno para mí. El buldero me ofreció que me quede con él y sin otra alternativa, acepté.
Espero que Vuestra Merced sepa que tiempo después, también salí de él.


AUTORA: Milagros Aylen Gonzalez Núñez
Instituto Privado General San Martín
5° II - C.O.S.
Formosa, 2015 

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